El viejo topo

Hamlet y el espectro

El rey Hamlet ha sido asesinado. Su hermano Claudio, deseando el trono y a la reina, lo ha envenenado. El crimen, sin embargo, permanece oculto. No se sospecha homicidio, sino enfermedad. Parece que Claudio se saldrá con la suya.

Hay una injusticia, el orden debe ser repuesto. El príncipe Hamlet ve rondar al espectro de su padre. Se encuentra con él. Y recibe la terrible verdad: su tío asesinó a su padre y ahora debe vengarse. Es una orden, un mandato que no puede evadirse, tiene que cumplirse la venganza, para restaurar la justicia. El príncipe sabe que eso lo llevará a la destrucción, pero no tiene alternativa.

Él mismo lo expresa: “Bien has cavado, viejo topo” (acto I, escena V). Bajo la apariencia de normalidad, se ha movido el suelo bajo sus pies. Su destino se ha ido diseñando en lo profundo. Y ahora ha salido a la luz, se ha removido la tierra. Y aquella normalidad está por hundirse, porque se basa en la injustica.

El espectro es la voz del pasado que vuelve y reclama sus derechos. El presente se ha levantado sobre el pecado, el crimen, el abuso, el delito. El futuro será una redención de los derrotados. El príncipe Hamlet es el menos culpable, pero es el que deberá sacrificarse, como víctima en un rito de resarcimiento.

La maldición de Edipo

Hamlet es como Edipo, que carga con una maldición y un destino funesto, por crímenes que no cometió. Su abuelo Lábdaco se negó a hacer sacrificios a Dioniso e hizo caer las sombras sobre su propia descendencia. Layo, hijo de Lábdaco y padre de Edipo, recibe la noticia de que tendrá un hijo que lo matará a él y además se ayuntará con su esposa, es decir, con su propia madre. Horrorizado, lo abandona, pero el hijo maldito no muere, es rescatado y adoptado por lo reyes de Corinto.

Al crecer, Edipo se entera de su destino. Matará a su padre y tomará a su madre. Creyendo que se trata de sus padres adoptivos, se marcha. Y llega justo a Tebas, donde reinan sus verdaderos padres. Derrota a la Esfinge, mata a su Layo en el camino a la ciudad. Se le premia con la mano de la reina Yocasta. Y comienza una “nueva normalidad”.

Pero está maldita. El reinado de Edipo parece sólido. Es un tipo astuto, que cree haber evadido lo dictado por los dioses. Es un rey, con una familia. Tiene varios hijos. Pero Tebas sufre una sequía. Los adivinos y videntes le informan que hasta que no se castigue al asesino del rey anterior la ciudad padecerá hambre. Edipo, orgulloso, jura encontrar y castigar al culpable, él mismo.

¡Qué bien ha cavado el topo otra vez! El presente del régimen de Edipo se ha levantado sobre un secreto. Y es hora de que salga a la luz. Por oscuras galerías y laberintos subterráneos, cavados por años y años, el destino se abre paso. La verdad regresa, siniestra. Y Edipo, al saber que ha dado muerte a su padre y ha tenido hijos con su madre, se ciega, se hunde en las tinieblas. Su mundo ha sido destruido, por el retorno del pasado. La justicia se ha cumplido. El pecado de Lábdaco ha sido compensado. No importa si Edipo era inocente, así fue determinado y así se cumplió.

El fantasma de Marx

“Un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo”. Es uno de los comienzos más famosos de uno de los libros más influyentes. El “Manifiesto del partido comunista” de Marx transformó el planeta entero, para siempre. El fantasma del comunismo era, como el rey Hamlet, un espectro que anunciaba el destino de la sociedad burguesa, levantada sobre la opresión de clase, sobre la explotación del proletariado.

El topo otra vez había minado la realidad. Los derrotados desde hace siglos, la clase trabajadora, los obreros, los campesinos, volverían por sus fueros, para hacer imperar la justicia. Se trataba de la voz de los vencidos, que rondaba para atormentar el dulce sueño de la burguesía y la aristocracia, en sus camas de seda.

“El Ángel de la Historia mira hacia atrás”, escribió Walter Benjamin. Todas las generaciones anteriores nos esperan. Los aplastados por el avance del progreso reclaman venganza, que sus luchas derrotadas sean redimidas. La revolución no se hace tanto en busca de un futuro glorioso, como de una reparación de las deudas históricas. Hay que “cepillar la historia a contrapelo”, para notar lo áspero, las grietas, las heridas y cicatrices. El progreso ha legitimado atropellos. La revolución se alimentará de las bocas acalladas, de los pechos atravesados por las bayonetas, de los anhelos de los muertos.

En “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, Marx ya lo había planteado: no se trata de hacer rondar un espectro, sino de recuperar un espíritu. Los espectros sólo atormentan y, como el del rey Hamlet, conducen a la destrucción de los que obedecen sus dictados. En lugar de eso, se trata de recuperar un espíritu, el de las luchas del pasado, que puede vivificar, construir, llevar a la victoria:

La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.

El topo cava implacable, preparando los nuevos desarrollos de la historia. Cuando parece que todo está en calma, que nada pasa, justo entonces emergen por debajo las grietas que anuncian el florecimiento del porvenir.

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